Con motivo del Año Nuevo

Estoy cansado de chocarme con ideales. El de ahora se viste con el disfraz de un estilo desenfadado que a mucha gente suele caerle bien, que es popular, que pulula y trata cuestiones profundas con comentarios banales. Con inteligencia, con brillantez, pero sin pretensiones de cambiar nada o sí, con una: la de devolver a la vida su encanto por medio de una falsa ingenuidad. Romantizar el mundo con eso, con desenfado, con madurez, con desenvoltura, siendo un pez en el agua. Tal vez es solo envidia. Pero no puedo copiarme de lo naif si no creo en ello. Necesito separarme y hacer algo distinto. Una copia falsa, barata, disminuida, deformada y deformante. La peor de las copias posibles. La ingenuidad que intenta ser ingenua sin que le salga bien porque nunca odió algo más en su vida. Pero a la vez, algo de esa ingenuidad fascina hasta que duele. Atrae como una lámpara led a un mosquito. Pegajosa. En realidad, no he hecho otra cosa durante toda mi vida. Me he copiado de cuerpos y mentes idealizados, de conductas idealizadas, de modelos, de arquetipos. Pero eso no da soluciones. Más bien crea problemas irresolubles y bucles de años y de siglos. La separación es sana. Y el estilo propio, aunque no exista como tal, también. Finjamos uno, finjamos una persona dentro que habla o que escribe. Pero tal cosa no existe. Tal cosa está hueca y vacía y quebrantada para siempre. En algún momento se produjo la ruptura y ya no hubo vuelta atrás. Una persona dentro que no hable demasiado o que hable alguna vez, pero que escriba mucho, sesudamente, sin apenas control de lo que escribe, ni de lo que piensa cuando escribe. Una persona de mentira que finja no pensar y que por eso no se censure tanto a sí misma. Finjamos que existe, sí. Creémosla dentro o fuera o dentro y fuera o en cualquier maldito lugar. ¿Qué importará el lugar? Apropiemos y desapropiemos, pero sin perder suelo, ese falso suelo. Sin perder pie, ese pie falso, sin querer ser la totalidad de la ingenuidad fingida. Observar más que copiar. Mirar de reojo. Desconfiadamente. Mezquinamente. Ser mezquino. El ser mezquino del copista. Y quizás así se topa uno de frente con la solemnidad. Ser solemne hoy es algo que espanta, que no quiere gustar a la masa, ni siquiera a la masa de nuevos intelectuales forjados con internet. Pero, ¿qué diferencia existe entre lo solemne y lo ingenuo? ¿Entre el intelectual y el poeta empobrecido? ¿Entre el ideal y los mosquitos?

 

 

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