Paranoico Pérez

 

Paranoico Pérez ya existió en otra parte y en otro momento. Lo que aquí va a acontecer es tan sólo un homenaje. Un homenaje dolido, fruto de una ofensa, de la ofensa más absoluta que pudiera pensarse, que es la ausencia de respuesta. La no respuesta suele interpretarse como la indiferencia total ante cualquier demanda de amor.

Es de sobra conocido quién escribió por primera vez acerca de Paranoico. O por lo menos, aunque no lo sabe todo el mundo, el que lo hizo lo sabe y también lo saben unos pocos a su alrededor: ésas son las moscas que giran en torno a Paranoico. No daremos más detalles, vaya a ser que alguien se sienta a su vez ofendido y le dé una patadita a la cadena de las ofensas para que siga girando. Pero, ¿quién retoma ahora a Paranoico? Eso no se anuncia. Al menos, de momento. De eso va el tema: de no anunciarse o, si se hace, de no decirlo muy alto, sino por lo bajini, por detrás, a la chita callando, como quien no quiere la cosa. En este asunto tan perturbado, la cuestión de la autoría es esencial. Lo sería de todas maneras, aunque no se hablase de ello, ni se cuestionase descaradamente, ni se hablase de un tal Paranoico ni de un cual que escribe sobre aquel tal. Pero a veces, la «pomposidad» se vuelve irremediable, porque camufla y camuflarse está bien si uno no está del todo seguro de que lo que dice es eludible.

Pero volviendo al meollo: Paranoico Pérez era un personaje de ficción creado por otro personaje de ficción. El primer personaje tenía la mala costumbre de que le plagiaban sus brillantes ideas y daba la terrible casualidad de que quien le plagiaba era siempre ese otro personaje (también ficticio, por supuesto) importante y conocido y que firmaba sus libros con el nombre de José Saramago. Todos sus libros eran plagios del pobre Paranoico, cuyo sustento económico no se nutría de sus obras maestras, sino que daba sustento a aquél otro, al gran Saramago. Algo parecido a lo que ocurre con las clases humildes que nutren a las pudientes, independientemente de su genialidad. Con este nombre, a lo mejor lloverá alguna acusación de la parte ofendida. Pero bueno, así habrá ofensas para repartir y nadie se quedará con hambre.

Paranoico ya no sabía qué hacer. Estaba en las últimas, pero entonces se le ocurrió algo inaudito: llamar a su autor, a aquél que escribió por primera vez acerca de Paranoico, aquel innombrado y que por el momento tardaremos en nombrar para que la cosa no quede tan expuesta ni desalmada. Vaya a ser que venga y nos eche la lluvia de su ofensa o de la nuestra, sin comerlo ni beberlo.

Lo importante aquí es que Paranoico debe contactar con ese hombre, espécimen o ser e increparle lo naif que puede llegar a ser. Sin embargo, Paranoico no quiere ser naif, no quiere ser inteligentemente delicado ni refinado u osado. No sabe muy bien a qué se enfrenta. Tal vez a un ideal de delicadeza y serenidad y frialdad y distancia. Todo esto a Paranoico se le antoja cortante. Espinoso y puntiagudo. Como una hidra. Lo único que quiere Paranoico es que se le reconozca su estatuto de realidad tan ficticia como la ficción misma. Quiere que la tensión se equilibre, que fluya la música, que tanto su propio autor como Saramago acaben con la opresión de su pecho y que él pueda ser al fin un personaje emancipado.

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